La Cuarta Transformación y la Cuarta Teoría Política
Saúl Sánchez López
“La mejor política exterior es la interior”, solía decir López Obrador, quien también marcó distancia con el gobierno de España por no pedir disculpas por los “excesos” de la Conquista. Crisis diplomática negada por su sucesora durante la IV Cumbre en Defensa de la Democracia.
Lo de hoy es la unión de las izquierdas mundiales o, al menos, latinoamericanas, reunidas precisamente por Pedro Sánchez para contrarrestar el auge de las ultraderechas que, hasta la reciente derrota de Orbán, parecían ir en imparable ascenso en todo el mundo.
Durante su intervención, la presidenta no solo reivindicó la soberanía de los estados —algo que debería de estar de más a estas alturas—, sino también los principios históricos de la política exterior mexicana, a saber, la autodeterminación de los pueblos, la no intervención y la solución pacífica de controversias. Recordó que México ha sostenido sus principios de manera asertiva, aun en soledad, como cuando condenó el bloqueo a Cuba en 1962, mientras otros callaban. Apeló a valores como la fraternidad y la diversidad cultural, y criticó el concepto de libertad de la extrema derecha, el cual es un contrasentido cuando se usa contra la dignidad de los pueblos.
A lo largo de su primer gobierno, la Cuarta Transformación parecía ser incontestablemente nacionalista, por no decir aislacionista. Hoy en cambio, el segundo piso de la 4T muestra un talante internacionalista no visto; abierto a tejer una red de alianzas con otros actores y proyectos ideológicos afines (el llamado progresismo internacional). Más que un giro radical, se trata de una evolución en la que la prosperidad nacional no está peleada, sino que se relaciona directamente con el bien común global. Lo que el filósofo estadounidense Appiah Kwame denomina patriotismo cosmopolita.
Sin embargo, una referencia filosófica y propiamente geopolítica más interesante y profunda sería la llamada Cuarta Teoría Política (4TP), del ruso Aleksandr Duguin. Al igual que el concepto anterior, esta apela a la posibilidad de asociar armónicamente lo nacional y lo internacional, solo que a nivel civilizatorio. La idea es empoderar a los pueblos no occidentales del mundo para hacer frente al orden mundial liberal, moderno y occidental, impuesto por los EE. UU. tras la segunda guerra mundial y el fin de la guerra fría. Dicho orden pretende, en la práctica, hacer pasar un modelo civilizatorio sui generis (el suyo) cual si fuera “universal”, lo mismo en lo ideológico que en lo político, lo económico, lo social y lo cultural.
La cumbre de Barcelona puso un fuerte acento en la necesidad de defender el multilateralismo frente a las decisiones unilaterales de varios gobiernos, por ejemplo, Estados Unidos e Israel, sobre todo cuando se trata de asuntos tan delicados como la guerra. Del mismo modo —y en la misma línea— hizo un llamado a reformar la ONU, institución surgida tras los traumas de la segunda guerra mundial precisamente para evitar que la historia se repitiera, pero que ahora es totalmente inoperante: los poderosos hacen lo que quieren cuando quieren y no hay quien les pare. El supuesto orden basado en reglas —observaron los mandatarios— se aplica en los hechos de manera asimétrica y según la jerarquía de poder (algo señalado anteriormente por Mark Carney). Las superpotencias se saltan las reglas un día sí y otro también.
Resucitar el multilateralismo y refundar la ONU son tareas, por su puesto, tan necesarias y loables como urgentes. Sin embargo, como se ha visto, las instituciones internacionales no son nada y no sirven de nada sin poder. Y es aquí donde entra la noción de multipolaridad de Duguin, pues va más allá de las relaciones formales entre estados e instituciones, para abordar cómo se distribuye efectivamente el poder real entre polos o bloques de países. Según el ruso, estamos yendo —y deberíamos seguir— hacia un nuevo orden mundial en donde Rusia, China, India, pero también África, el mundo árabe y Latinoamérica pueden llegar a ejercer un poder real en el mundo, en lugar de solo sufrir las consecuencias de las acciones emprendidas por otros, aun siendo ilegales. Pero para ello es preciso que los estados de cada polo civilizatorio se unan y consoliden una alianza en términos concretos y efectivos.
Mientras el multilateralismo es fundamentalmente diplomático y, por ende, corre el riesgo de quedar impotente frente al realismo delas superpotencias, la multipolaridad apuesta por generar un poder endógeno desde las mismas naciones no occidentales, sus condiciones e idiosincrasia, para luego forjar vínculos intercivilizatorios que contrarresten los abusos de occidente. Iniciativas como la del BRICS —recién ampliado— van en esa dirección; construyendo poco a poco alternativas, por ejemplo, al orden financiero occidental (Nuevo Banco de Desarrollo), así seatímidamente.
Es cierto que esta perspectiva tiende a idealizar a los estados no occidentales como si fuesen esencialmente “buenos” o menos “malos” que occidente. Tampoco hay que dejar de señalar que Duguin es simpatizante de Vladimir Putin, cuyo gobierno comenzó una agresión justamente unilateral contra Ucrania (por más que esta se explique como respuesta al expansionismo de la OTAN). Pero esto no refuta su planteamiento, antes bien lo confirma: hace falta poder real para obligar a las potencias a comportarse. Y cuando se es débil, la unión hace la fuerza.
Como bien se dijo en la cumbre, estamos viendo el aumento de conflictos armados a escala mundial, así como la normalización del uso de la fuerza, especialmente por parte de los Estados Unidos, que han aumentado su beligerancia, lo mismo que la osadía de sus intervenciones: el secuestro de Nicolás Maduro, la guerra contra Irán, el recrudecimiento del bloqueo contra Cuba (hasta límites impensables)… Solo una alianza internacional antiimperialista puede frenarlos. Reunir a los líderes de España, Brasil, México, Colombia, Uruguay, Chile (el expresidente Boric) e incluso Sudáfrica, y que estos se manifestaran por una reforma radical del sistema internacional, es sin duda un primer paso en ese sentido. Que Pedro Sánchez haya tomado la iniciativa no deja de ser irónico y definitivamente un signo de colonialidad, pero es lo que hay (de momento). Hará falta ir más allá de los discursos valientes para definir políticas concretas de auténtico empoderamiento iberoamericano en todos los ámbitos: educativo, energético, tecnológico, económico, geopolítico e incluso militar.
La Cuarta Transformación, lo mismo que la cuarta cumbre progresista, busca, no solo la justicia social, sino una justicia verdaderamente global. La Cuarta Teoría Política puede ser el marco teórico adecuado para complementar y potenciar esa búsqueda de un mayor equilibrio mundial. Los valores enunciados por la presidenta Sheinbaum: soberanía, autodeterminación, no intervención, resolución pacífica de conflictos, dignidad de los pueblos, etc., necesitan —nos guste o no— de un poder real para forzar su aplicación. De otro modo, serán palabra muerta.

