Cuatro varones y una cuchara / Víctor Fuentes

La foto que a continuación describiré no tendría importancia y estaría por demás hacerlo, en ella aparecen cuatro varones, dos de ellos de entrada edad, quizás 35 ó 40 años, los dos jóvenes eran los peones y estos entraban a los 18 ó 20 años cuando mucho, se ve en su derroche de energía.

Era muy común, hace unos 30 años del siglo pasado, llamar al fotógrafo que pasaba por ahí haciendo su oficio, a veces repartiendo las fotografías, otras a cumplir con alguna encomienda, que podía ser desde un cumpleaños, un refrigerio o una boda, una vela o un acontecimiento de la escuela hasta la presidencia municipal. Es decir, todo acto que mereciera ser fotografiado.

De esta manera fue que, en una jornada terminada, y después de recibir el pago semanal, estos cuatro trabajadores de la construcción quisieron inmortalizar el acto, a color de las primeras que empezó a hacer el señor Francisco Santiago, que fue conocido en la comunidad como “Chico Fotógrafo o Chico Lida”, quien no siempre vendía todas las fotos, o para no fallarle al cliente, repetía las tomas, fue por eso que esta fotografía llegó un día a la Galería Gubidxa, acompañada de otras, tomadas en la misma época.

Comentaba su importancia, azarosa, pero que ahora, cobra una singularidad, permite retener el momento de la pausa no solo de la casa que se construye, sino revela esa necesidad de festejo, de algarabía, tanto de los propietarios como de ellos, los que la edifican, esta complicidad entre el que espera ver la casa terminada como el que decide si puede o no seguir sufragando el salario y generando el empleo, es prodigiosa.

Esta retención de la pausa, el festejo, el sueño velado y su consecuente feliz término de la construcción, se ve difuminada, convertida en una impetuosa y precipitada entrega de la casa, urge que se termine, urge para no contravenir las estrategias de los fondos recibidos (en los casos puntuales que haya sucedido) El morador debe comprobar que en efecto esta aplicando los recursos recibidos por parte del FONDEN.

Entonces dista mucho de cómo se construía en la comunidad, quien pagaba decidía, exigía, o por lo menos tenia su propio ritmo, sabia administrar sus propios recursos, se llevaba de dos a tres años concluir la casa entera. Y había personas que sus construcciones se quedaban a medias, inconclusas o en definitiva cambiaba de planes y proyectos. 

Esta exigencia institucional, revela una estrategia comercial inusitada en la vida de los lugareños, afectados por el sismo del pasado 7 y 23 de septiembre. Podemos ver en todas las manzanas, la emergente construcción, hasta ahora, después de los 5 meses, solo dos, quizás tres casas han sido terminadas, o casi concluyen. Varias están en obra negra, y la presencia de personas fuereñas es incontable.

Podemos ver una actividad exclusiva, todos los moradores se evocan a la reconstrucción material de sus viviendas, a premura, contra sus propias fuerzas, y en los casos donde aceptaron que una compañía constructora les llevara la obra, aceptan sus modos de operar, sus materiales ajenos al contexto y el aparente respeto a la arquitectura local.   

Desde hace poco más de 3 meses, empezamos a ver y convivir entre este movimiento a prisa, escases de materiales traídos de fuera, los locales y dedicados al comercio encontraron acomodo en sus tiendas, les sonríe la suerte, dicen. Los albañiles de la comunidad elevaron sus salarios, se avivó una gloriosa ambición de hallar dinero en la adversidad.     

De esa misma manera las constructoras a través de fundaciones, creadas a merced de las empresas han jugado un papel de conmiseración humanitaria y en el socorro está el negocio perfecto, plano que revela de nuevo la deshumanización de éstas. Nos deja claro los modos de financiar proyectos sin considerar, en este caso, el rasgo cultural de la vida comunitaria.

Algunos podrán no estar en acuerdo, pero si los gobiernos permitieran a las personas administrar su propio proyecto, quizás poner un plazo, de 3 a 5 años, para justificar lo recibido, se abriría una posibilidad infinita de creatividad, de rehacer juntos nuestra población, no quisiera imaginar el panorama, acá en una década, cuando la prisa haya reinado y las casas sean “palomares”, casas de muñecas, que sea Unión Hidalgo una especie de fraccionamiento inmobiliario uniforme y deprimente.

Por ello, celebro la imagen que nos legó, el señor Francisco Santiago, en sus pasos por las calles de Unión Hidalgo. Ojalá esta prisa se convierta en una mejor esperanza para quienes perdieron todo.      

Víctor Fuentes

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