Buenos días / Jorge Magariño

Buenos días, dicen las garnachas, desde la sartén que grita su hervoroso entusiasmo.
Buenos días, enuncian las empanadas desde la dorada capa que las cubre de una mañana
que no termina de desperezarse. El pollo (la blanca pechuga, el anhelado muslo, las alas
emprendiendo el vuelo hacia el cantarino aceite), apresta sus afanes para el regusto de los
comensales.
Buenos días, nos dice Rosita (alumna que fue del escribidor en tiempos de la escuela
primaria). Rosita que mueve con destreza la pala mientras arrima las piezas que brincan al
momento de freírse; Rosita que dice:
-Llegamos temprano, a las siete estamos ya listas (su hermana la mira en el puesto de al
lado). Lo primero que comienza a venderse es el pollo garnachero, se acaba rápido, en un
rato vuelan dos pollos, con el favor de Dios. Luego la gente pide empanadas, tostadas de
quesillo o de carne. ¿Garnachas? Sí, sobre todo la gente de fuera es la que ordena sus
garnachitas.
Lo bueno es que estás cubierta, no te mojas, se le plantea.
-No, que va. Aquí, mientras preparo los pedidos, sí estoy bien, porque me subo a una reja
vacía, pero a la hora de poner las cosas en el sartén, pues ya bajo al piso de la calle, y ahí
ya corre el agua, cuando vengo a darme cuenta, mis pies están entumecidos y
despellejados. Pero qué le vamos a hacer, de aquí sale para el gasto de la casa.
Sin dejar de moverse, da órdenes, platica, extiende los brazos para alcanzarle el plato de
antojitos a la clientela que se ordena en una banca de madera.
Bajo un enlonado se agita la jornada de una de las pocas expendedoras de alimento
preparados que trabajan en la explanada del Parque central de Juchitán.
-Sólo venimos tres garnacheras de las que estábamos allá bajo el palacio, las más jóvenes
(sonríe mientras esto dice), porque las otras mayorcitas no quisieron venir. No es fácil
estar aquí, bajo el solazo, aguantando la lluvia, como ahorita que comienza a lloviznar. Y
luego los temblores.
Al ver nuestro gesto inquiriente, prosigue:
-Sí, estábamos preparando nuestra mesa, yo había colocado mis cosas, mi pollito, ya
estaba listo el anafre, cuando de pronto escuchamos el ruido de la tierra y todo comenzó
a moverse. ¡Ay, Jesús! Todas agarramos, levantamos lo que trajimos y salimos corriendo,
hasta la casa fuimos a parar. Por eso no muy quieren las paisanas venir a vender. Es el
miedo. Luego cuando pasan los camiones grandes, su ruido y el piso que se mueve,
pensamos que ya viene de nuevo otro temblor.
Calla Rosita por un momento, ordena sus ideas, y le pide al compañero:
-Clemente, por favor, dale cambio a la señora. Ay, no tiene usted un billete más chico,
para ése de quinientos todavía no tenemos. Anda, Clemente, ve a buscar que te lo

cambien… ¿o usted tiene, profesor? Ay, sí –le dice a la Reyna compañera- él fue mi
maestro en la escuela Justo Sierra. ¿No se acuerda? –pregunta la muy pícara, y remata:
uuyy, hace ya mucho tiempo de eso.
Por acá cerca suelta sus humores una cabeza de res humeante. Por allá anuncian las
verduras, carne de puerco, frutas, chilito, champurrado, panes para el café matutino.
¿Ropa? No creo que vengan hoy, por la lluvia, se les puede mojar, explica Rosita a una
comensal fuereña que se interesa por huipiles.
-¿Y qué creen, el otro día, justo cuando el temblor del veintitrés, salimos huyendo. Al otro
día, qué creen ¡se habían robado el anafre de mi hermana! Desgraciados, que tendrán un
mal fin.
No te apures, se conduele la Reyna compañera, de allá arriba hay Alguien que todo lo
mira. Por aquí mismo han de estar cocinando con eso, pero Elqueestáarriba lo mira, lo van
a pagar.
Termina el condumio, se paga la cuenta. Salimos a la vida.
¡Buenos días, Juchitán!

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