Mi padre, el hombre pájaro que recuerdo

(Conversatorio por Alejandro Cruz, poeta asesinado hace treinta y dos años)

 

#SantaMaríaXadani. 22 Sep (#Istmopress) -Me oprimía la mano, desesperadamente. Movía los labios emitiendo sonidos guturales que yo no entendía. Algo quería decir, no sé qué era, pero estoy seguro de que tenía intención de decir algo. Yo lo miraba sin poder hacer nada, y gritaba, “¡a qué hora llega el avión que dijeron, a qué hora llega!”. Alguien me respondió: No sé, pero los compañeros de Juchitán ya están en camino.

Mi dedo, recuerdo mi dedo tratando de sellar el orificio de su sien, por donde había entrado la bala, pero la sangre seguía saliendo por ahí, también por su boca. La sangre no paraba. Mi dedo siempre me recuerda la vida que se escapaba del cuerpo de Alejandro.

Doctor, haga algo, haga algo por salvarlo, le gritaba al director, creo que era el director del Centro de salud a donde lo habíamos llevado. ´

-No tengo nada con qué atenderlo, aquí no hay nada, sólo medicinas y gasas, pero no hay más. Quítenle la ropa.

-Y qué le va a hacer.

-No sé, pero quítenle la ropa –respondió angustiado el hombre.

Le quitamos la camisa, sólo la camisa. Creo que le comenzó a salir espuma por la boca. Cuando llegaron los de Juchitán, él ya había muerto, pienso que eran como las cuatro de la tarde. Por eso nos fuimos todos a la Delegación de gobierno, a destrozar a todo, a desquitar nuestro coraje.

 La balacera había comenzado antes de las dos. Nos organizamos, nos regresamos a Ixtepec.

Así cuenta Paco Palomec, con la voz entrecortada en el último tramo de su relato, con lágrimas que se enjuga al terminar.

Casi treinta y dos años atrás, el veinticuatro de septiembre de 1987, una bala perforó la sien izquierda de Alejandro Cruz Martínez, frente a la oficina de la Secretaría de la Reforma Agraria, en Tehuantepec. Quienes lo acompañaban vieron con toda claridad quién portaba el arma asesina, quiénes iban en la batea de la camioneta, quienes viajaban en la parte delantera de ese vehículo en cuyo costado se leían cinco letras “IEPES” y se veía un logotipo, el del PRI. El IEPES no era otro que el antiguo Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, del revolucionario partido tricolor.

Heriberto Zárate tiene fija en la memoria los hechos relacionados con una necesidad de agua potable, cuyos reclamos venían de antes, de cuando habían negociado ya la perforación de cuatro pozos, dos para la parte priísta y dos para los coceístas del pueblo de San Gerónimo doctor, que se aglutinaban en el Frente Único Popular. La cuarta perforación, segunda del FUP, había dado con roca y se detuvieron los trabajos.

Para continuar con negociaciones de dos pozos profundos que beneficiaran al pueblo, fueron a la Delegación de gobierno, ubicada cerca del centro de Tehuantepec. Terminada la plática, se trasladaron a la oficina de la Reforma Agraria, donde fueron atendidos por una persona algo mayor de edad, se iban a tomar los datos correspondientes a una solicitud relacionada con el siguiente ciclo agrícola, para apoyar a campesinos ixtepecanos.

Ahí estábamos cuando alguien gritó, ahí vienen, salimos de la oficina para asomarnos, y el compañero gritó de nuevo, ahí vienen. Entonces vimos la camioneta y al hombre que disparó varias veces. Cuando nos dimos cuenta, Alejandro tenía puesta la mano en la sien, y de ahí comenzó a brotar sangre.

Vimos quiénes eran, algunos ya murieron. El gobierno hizo como que hizo justicia. Encerraron a uno. Pero  a nosotros no se nos olvida. Alejandro es de los hombres que la gente recuerda siempre, dice Heri antes de despedirse.

Hay un fino silencio entre las personas sentadas en las butacas del auditorio de la Escuela Universitaria Ixtepecana, en el edificio donde antes funcionaba una biblioteca popular. El conversatorio organizado por la familia del homenajeado y por sus amigos, es la primera actividad de las tres programadas, para conmemorar los treinta y dos años del asesinato de quien aquí llaman el poeta chituguí.

Otras voces platican del trabajo comprometido de Alejandro, de su lucha con la gente, al lado de los líderes de aquella Cocei, de cómo organizaba en las colonias para atender necesidades básicas, para rescatar un predio y volverlo un campo de futbol, que aun  funciona. Uno más lo ubica a la altura del poeta guatemalteco Otto René Castillo, quemado vivo por el ejército de su país en marzo del 67, y trae al acto los célebres versos del centroamericano que escribiera: “pido que caminemos juntos. Siempre con los campesinos agrarios y los obreros sindicales, con el que tenga un corazón para quererte. Vámonos patria a caminar, yo te acompaño”.

Alguno más refiere que en Cruz Martínez se conjugan la ética y la estética, ambas marchan de la mano con la misma potencia, con la misma entrega, con el mismo fervor. Platica que el gran libro de Alejandro es el las “Historias que el tiempo no registra”, donde le da voz a personajes que forman parte de la tradición oral de su pueblo.

Sugiere que del volumen antológico elaborado por Macario Matus y otra persona, se puede hacer una selección rigurosa para editar un gran libro que deje constancia de la calidad literaria del escritor homenajeado. Eso, porque del latido ético habla sobradamente lo que el finado expresó a Guillermo Marín, a la sazón director de la Casa de la Cultura Oaxaqueña, donde trabajaba hasta fines del 86: Me voy al Istmo, Memo, me debo a la Cocei.

En el Istmo, en Tehuantepec, encontró la muerte. Y la Cocei sigue en deuda con él.

Si hubiera una palabra más apropiada que “gracias”, se las daría a ustedes por organizar esto y por acompañarnos, pero no la encuentro, dice doloridamente Tania, su hija, y solloza.

Manuel, su hijo, cuenta el cuento del hombre pájaro, del que recorrió el pueblo para escribir historias maravillosas, para escribirle fábulas a su familia. Agradece y se queda con la mirada perdida en un horizonte lejanísimo, donde encuentra un poco borrosamente la figura de su padre. Ambos, Tania y Manuel, rondaban los cinco años por entonces.

Manuela, que fuera compañera del poeta expresa su sentimiento afable por la compañía, por la compartencia de recuerdos, por el amor. Alguien dijo a medio conversatorio que Alejandro Cruz escribió como epígrafe de uno de sus poemarios estas palabras dedicadas a ella: “Para Nela son estos versos flacos que la acompañarán en su vejez”.

Esos versos, robustos como la humanidad del escritor ixtepecano, nos acompañan.

Jorge Magariño / Agencia de Noticias IstmoPress

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