Rojo: hilos que hablan, flores que cantan. 

 Puntada a puntada transcurre el día completo para la señora Amable. 

 “Cuando tengo ganas me levanto temprano, así desde la noche ya me programo y pienso mañana sí bordaré. Así me paro, hago mis oraciones y comienzo después del desayuno, y no me levanto sino para cenar y volver a bordar. Por eso tengo esta lámpara”. 

 Su foco lo pone dentro de un vaso de unicel colgado boca bajo. Se manipula y enfoca donde ella requiera, con solo mover el palo de donde lo colgó.  

La señora Amable, (por su edad  me cuesta decirle Na Amable,) no llega a los 45 años. Se ve saludable y un poco robusta de cadera. 

 Esta vez viste un short casi negro que le ajusta, y una blusa larga que deja ver su abdomen, un poco abultado. Recoge su cabellera negra con un chongo y sus lentes graduados en la cabeza como si fuera una diadema. Hablamos de todo un poco, no me atrevo a decirle Na Amable, porque ella arribó a Unión hace unos años.  

Me dice que es originaria de Guevea de Humboldt, pueblo enclavado en la montaña, que forma parte del mixe bajo, aunque en Guevea se habla didxsá, ditsá, una variante del zapoteco de la montaña del istmo alto. En especial con el tono que le damos en Unión Hidalgo. Que somos de la planicie costera. Estos dos motivos me son suficientes para no decirle Na, que para nosotros es doña, o fulano o señora, aunque para nosotros guarde profundo respeto hacia la persona. Sin embargo, ese respeto se lo gana a pulso en el pasar de los años.  

Amable, es una señora diferente. Ella desde que llegó, se interesó en Unión y sus costumbres, “sus fiestas y la comida”, me aclara. Hizo pronto amigos y comadres y también compadres. En este convivir encontró una de las maneras que ella llama “‘mi sustento’. “Acá tengo para lo que necesito, suficiente para criar a mis dos hijas Alejandra y Chelsey .Por fortuna, una de ellas ya puede ayudarme a bordar. Yo aprendí viendo a mi comadre y mi hija viéndome a mi. Veía mover la mano y me daban ganas de hacer lo mismo”.  

Después de respirar pausadamente continuó. “Por las tardes la visitaba y en una de esas tardes me atreví a pedirle, casi le rogué que me dejara sentarme alrededor de su bastidor. Ahí las dos platicábamos, la oía hablarles a sus hijos, a su esposo en zapoteco”.  

La miraba, seguía sus manos, cómo las movía cuando comentaba algo, me asombraba al oírla y ver cómo movía las manos sobre la tela, me recordaba de cuando era niña, de cuando mi madre me hablaba en la lengua de nosotras. No dejé de ir, la buscaba por cualquier motivo y pretexto, aprendí con una hoja”.   

Una hoja bordada fue el motivo que le dio confianza a su comadre, ahí avanzó. “Llegué a terminar una flor grande, ese día mi comadre me dio el visto bueno, me sugirió que podía tener mi  propio bastidor”.  

Entonces la señora Amable me dijo: “mandé hacer las piezas y arme el mío”. 

 Compró mecates y buscó retazos de tela, de entre sus cajas, (es que antes de saber bordar era modista.) Ahora tiene sus implementos hasta bandejas de olotes limpios para tensar la tela. De pronto me muestra los olotes y me explica donde los coloca para que queden como cuñas entre la madera del bastidor y la tela que bordara. Luego, da unos toques ligeros sobre la tela tensada que resuena como si fuera una caja de música. “La tela canta”, me dice.     

Tomó de un jicalpextle los cinco tonos de la gama de rojos, Los hay para cada color, ella se guía de los gustos de sus clientas. “Ahora en estos días difíciles por el encierro obligatorio, le doy gracias a Dios que tengo la libreta de pedidos hasta para el año que viene”.  

Luego continúa platicando. “Mi hermana es cuidadosa, ella registra todo, hasta los gastos que hace creo anota Yo soy más descuidada, no anoto nada, pero ella sí, tiene libretas donde anota los clientes, los modelos, qué es lo que le piden, yo solo guardo fotos”. Gira el brazo y me muestra la foto de su madre que cuelga de la pared. Ella misma le bordó ese traje. ”Mi mamá lo estrenó y luego lo estrené yo”. Entonces se le dibuja una sonrisa franca en sus labios, porque sabe que solo una vez se estrenan estos trajes. Ya terminados son caros, cuestan casi los 25 mil pesos o más. “Si lo compra uno con un revendedor le sale más caro”, aclara.  

Retomamos la plática de cuando visitaba a la comadre. “Las palabras que escuchaba en el zapoteco de ustedes, las comparaba luego con el de mi pueblo, me daba cuenta que son casi los mismos sonidos, casi parecen iguales, a veces falta algo a la palabra a veces le sobra, pero siempre se parecen, lo oía, y suponía qué me quieran decir”.   

Dejé que me explicara a detalle “Porque allá decimos sa’ y acá se dice saa que es: fiesta, baile, yu es tierra y acá yu igual, pero en guevea es yu’ casa y aquí se dice yoo.  También gaay es cinco y ustedes dicen gaayu.  O tzii diez y decimos acá chií. Así es como aprendí, mira mbacü significa perro y en Unión es bi’cu’”. Podría pasarme todo el día hilvanando estas voces, entre Amable y yo pero necesitamos, en mi caso, saber más sobre la variante de Guevea, que nada mal me haría.  

Me sigue comentado sobre sus inicios y de cómo se animó hablar. “De tanto oírlos, me dije, ¿por qué no aprendo? Lo intenté, me atreví a hablar, y aprendí. Como puedes notarlo te entiendo y podemos platicar, hablarlo es como si no perdiera la de Guevea que aprendí, desde niña, 

Salí a los 8 años para venir a la primaria en Ixtepec, luego me casé con tu paisano, me fui a seguirlo en su trabajo y luego volvimos, a Unión. Me dejó, ahora vivo sola, acá me van a enterrar, mi hermano mayor me dice cuando voy para allá. Qué estoy   esperando para comprar terreno en el panteón; le digo yo soy de Unión. Allá me quedaré”. Lo dice tan sonriente que me quedo viéndola por un largo rato.  

Toce un poco de la euforia, y me sigue platicando porqué es que desea quedarse en un pueblo tan abandonado. Sobre todo, en el barrio Cocal, donde vive, las calles en tiempo de lluvia son como una laguna, se llenan de fango, y son un criadero de mosquitos. “Pero así y todo me gusta, tengo a mis compadres, sobre todo a la que le estoy agradecida por enseñarme a bordar, y a esta otra mujer, también mi comadre y mi clienta permanente”.  

Continúa contando sus motivos. “Le bordo este traje”, (lo tiene en el bastidor), es un traje pequeño para una niña de 4 años. Con ella siempre tengo trabajo y también lo que me hace quedarme es servir a dios, a él le doy mi servicio siendo catequista. Mucha gente me conoce, gracias a ese servicio. La verdad estoy muy contenta de saber hablar la lengua de ustedes que ya también es mi lengua. Y me sentencia “tener el coraje también de rechazar las modas, que ponle este, que quítale aquello, ¡No!  Un traje bordado nunca pasara de moda”.  La lengua tampoco. Mueve el índice y remata “¡No profesor!” me dice “¡No hay que acabar con la cultura!, nuestra cultura”.      

 

 Víctor Fuentes

 

 

Notas:   

La visita con la señora Amable Hernández Álvarez la realizamos los Sujetos participantes y Facilitadores de la Universidad Autónoma Comunal de Oaxaca UACO, atreves del Centro Comunitario de Unión Hidalgo, Oaxaca. Junio 2021.   

La referencia a las variantes corresponde al catálogo que ofrece el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI 2010)       

 

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