Enemigo interno

Saúl Sánchez López

La ultraderecha no deja de sorprenderme. Ya sean las megacárceles de Bukele, la torpeza diplomática de Noboa, el evangelismo político de los Bolsonaro, las reivindicaciones autoritarias de Keiko Fujimori o la fallida guerra de Trump contra Irán; las extravagancias, ocurrencias, absurdos y contradicciones flagrantes son el letimotiv de una opción ideológica que se alimenta del fracaso de las democracias.

Como ya es costumbre, no podía faltar una nueva controversia de Javier —“el loco”— Milei, quien, en su discurso con motivo del aniversario luctuoso del libertador José de San Martín, dejó entrever sus planes de criminalizar y reprimir la protesta social con el uso de la fuerza. “El mal existe y quienes sigan ese camino deben ser sometidos por la fuerza”, dijo en clara alusión, no a quienes se dedican al crimen, sino a quienes se oponen a su gobierno, pues habló de empoderar a las fuerzas de seguridad para proteger a la ciudadanía de las “enfermedades del alma”; término que utiliza a menudo para referirse al comunismo.

Es interesante notar cómo en su discurso la libertad es el correlato del securitismo, cual si fueran tándem. Según él, después de la liberación, los argentinos han perdido progresivamente sus libertades a costa del Estado, pero ahora que finalmente se han liberado de nuevo, es necesario proteger esta libertad mediante las fuerzas del Estado… parece que la gramática ultra es inmune a la contradicción.

En realidad, el libertarismo de Milei, como el de otras extremas derechas, no es un liberalismo tan radical como hipócrita. Se promulga el valor de la libertad a los cuatro vientos, pero solo en lo económico, entendido como la libertad de las empresas para explotar trabajadores, no pagar impuestos y ser desreguladas. En lo demás, el gobierno de Milei es sumamente conservador. Sus posturas son reaccionarias en todos los temas sociales y culturales: raza, etnia, género, reproducción, seguridad social, derechos humanos, organismos internacionales, etc. Si a esto le sumamos la militarización en ciernes, tenemos un adefesio ideológico que, a falta de un mejor término, podemos denominar libertarismo autoritario. Esto es, ultraliberal en lo económico, ultraconservador en lo político.

El binomio “enemigos internos y externos” que utilizó en su discurso como eje medular para identificar las amenazas que, según él, enfrenta hoy la Argentina marca el doble rasero de su gobierno: autoritario en lo nacional, entreguista en lo internacional.

La subordinación malinchista, como decimos en México, no podía ser más descarada. Primero, la intentona de privatizar grandes extensiones del territorio nacional vendiéndolas a extranjeros mediante la llamada “Ley de inviolabilidad de la Propiedad Privada”. Luego, aún más peligroso, el alineamiento geopolítico con Estados Unidos e Israel, concretado en el Escudo de las Américas, por un lado, y los Acuerdos de Isaac por el otro.

So pretexto de la lucha contra el narcotráfico —nuevo metarrelato de la ultraderecha—, se pretende ceder la soberanía a intereses geopolíticos extranjeros en términos de migración, ideología y respaldo internacional, siempre en clave colonial. Sin mencionar el recién fundado Centro Nacional Antiterrorista (CNA) que, mutatis mutandis, instrumentaliza del mismo modo el terrorismo para enmascarar la injerencia del FBI en la política nacional y regional, prefigurándose como nuevo modelo de control imperialista para América Latina.

Los enemigos externos están perfectamente identificados. ¿Y los otros? En Argentina, el aumento de la capacidad del aparato represivo es inversamente proporcional al desmantelamiento de los organismos e instituciones nacionales. Milei dijo que era “el topo que destruye al Estado desde dentro”, ¡y vaya que lo está haciendo! La noción de “enemigo interno” apunta a un actor o fuerza contraria a los intereses nacionales, pero ¿qué decir cuando el principal enemigo del Estado es el propio presidente?

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