Afrocolumna | CONCIERTO BARROCO DE COSTA CHICA EN NUESTRA AMÉRICA

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CONCIERTO BARROCO DE COSTA CHICA EN NUESTRA AMÉRICA

  Juan de Dios Escalante Rodríguez/Columna colectiva de los investigadores honoríficos de la Afrouniversidad Politécnica Intercultural

«Sólo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente. 

Única ley del mundo. Expresión enmascarada de todos los individualismos, de todos los colectivismos. De todas las religiones. De todos los tratados de paz.

— Oswald de Andrade, Manifiesto Antropofágico, 1928

El territorio donde hoy nos reconocemos creció de raíces múltiples. Creció del encuentro de mundos enteros, cada uno con su propia lógica, su memoria, su manera de estar situado con lo misterioso, oculto. Esa diversidad se ha manifestado en formas muy variadas. Ha sido también choque, dolor, contradicción. Lo barroco, según el cubano Alejo Carpentier y el ecuatoriano-mexicano Bolívar Echeverría, reúne, conjunta, adhiere, religa belleza en abundancia y en ese mismo espacio se junta con la tensión de lo que, al pareceres ajeno, lo que se resiste a ser igualado, lo que persiste aunque lo hayan intentado borrar. En la novela Concierto barroco, Carpentier, narra con una literalidad que parece fantasía, una presencia de música barroca en la identidad negra cubana. Sea con instrumentos aristocráticos o con ollas y panderos de la prole, sea con palabras o balbuceosdel “buen salvaje” muestra cómo en nuestra América se recibe, mezcla y transforma todo lo que llega, dando frutos prolíficos en lo cultural, lo estético, lo político y lo discursivo. La diversidad es necesaria y es la forma misma en que este continente respira, es decir, la identidad se expresa sólo con la imprescindible diversidad.

Imaginemos ahora el diseño de un retablo barroco creciendo a lo largo de la historia, metiendo todo como a un costal de papás. Se abulta, reúne en su cuerpo imágenes de orígenes distintos conviviendo y hasta ahí se tocan y refuerzan. Cada tallado, rostro y color representa una forma de ver y vivir el mundo. Ninguna cubre a la otra por completo. Todas construyen el conjunto. En la base más antigua del retablo están las presencias que habitaban este suelo desde milenios atrás. Allí se alzan las cabezas colosales olmecas, talladas en basalto, con rasgos profundos y serenos que miran desde el silencio de la piedra. Son testimonio de organización social, de sensibilidad estética y de pensamiento espiritual que floreció aquí mucho antes de cualquier contacto. Su presencia permanece como cimiento visible de la grandeza que ya habitaba estas tierras.

Sobre ese cimiento se levanta la cosmovisión maya, cuya memoria queda plasmada en el Popol Vuh o el Chilam Balam donde se narra que los primeros seres fueron formados de maíz blanco y maíz amarillo, con palabra,aliento y verdad. Su relato de origen es estigma de leyenda lejana, explicación viva de que la carne viene de la tierra, la conciencia viene del cielo y la palabra tiene poder creador. El tiempo para los pueblos mayas asume su esencia de ciclo que retorna, como el sol que se oculta y renace, como la lluvia va, viene y regresa, tal cosecha devuelve lo recibido. La ceiba sagrada es su símbolo más visible, sus raíces bajan al mundo profundo y el tronco sostiene la vida hasta cuando las ramas tocan el cielo. Todo conectado, todo en relación.

Junto a los mayas se yergue la presencia tolteca, cuya sabiduría se expresa en el equilibrio de fuerzas que sostienen la existencia: arriba y abajo, luz y sombra, dar y recibir. La vida se mantiene mediante entrega recíproca. El sol avanza porque alguien dio su sangre para hacerlo andar; la tierra da fruto porque alguien la cuida con respeto; la palabra pesa porque se dice con verdad. Ser tolteca significa vivir con rectitud, manteniendo el puente entre lo visible y lo invisible. Esa enseñanza se transmite en la forma de relacionarse con los demás y con la naturaleza.

Se suma a este conjunto la presencia mexica, que construyó su cosmovisión alrededor del movimiento del sol y la responsabilidad colectiva de sostener la vida. Sus relatos sobre el origen del fuego y el sacrificio compartido expresan la convicción de que nada se sostiene sin ofrenda. La gran Tenochtitlán, con su centro ceremonial reflejado en el lago, plasmaba en el espacio físico el orden que concebían para el universo. Sus códices, poesía, escultura testimonian un pueblo comprensible de la vida al ser algo frágil y sagrado a la vez. Con ellos también están zapotecas y mixtecas, mixtecas y afros, afros y zapotecas, cada uno con su escritura, su arquitectura, su forma de entender el destino, todos compartiendo la certeza de que la tierra se recibe para cuidarla, nacida aquí o migrada como servidumbre.

En el mismo retablo, lo vamos diseñando en una tabla de la historia con fuerza plena y distintiva, ahora, entre lo abigarrado, pequeñas dunas culturales coartadas por violencia cruda y por salvajismo civilizatorio se alza la columna africana, que cruzó el océano arrancada de su suelo pero traída con todo y su espíritu. Allí está la presencia yoruba, que trajo la idea de que cada ser porta desde su nacimiento un destino y un aliento divino, y que las fuerzas de la naturaleza —el río, el trueno, el hierro, la montaña, la maternidad— se manifiestan en seres y energías caminandoentre nosotros. Su relato de origen, donde la palabra ordena el caos y da forma al mundo, encontró resonancia natural con la creación narrada en el Popol Vuh. La convicción de que lo invisible habita en lo visible se entrelazó con la ceiba y con los árboles sagrados de estas tierras.

A su lado crece la presencia de los bantú-kongo, para quienes el mundo se dibuja como círculo sin fin. El agua profunda, la tierra firme y el cielo estrellado forman un todo continuo donde nadie desaparece por completo. Los antepasados transforman su presencia: permanecen en el río, en la sombra del árbol, en el nombre que se transmite. Sus símbolos circulares, sus tejidos, sus formas de reunión hallaron en la concepción mesoamericana del tiempo que regresa un eco profundo y compartido. La vida no termina,cambia de camino.

También están los pueblos akan y mandé, para quienes la fuerza de la vida nos anima y no pertenece a nadie en particular, más bien, circula entre los vivos, los que fueron y los que están por nacer, Ubuntu. El nombre recibido es vínculo con quien lo llevó antes; la comunidad es quién sostiene al individuo; lo que se comparte crece. Sus asambleas y su respeto a la palabra de los ancianos se tejieron con las formas de organización indígenas, dando fuerza a prácticas de convivencia que se mantienen hasta hoy.

El retablo, cada vez más grueso, pero respira mejor,despliega también las presencias que nacieron del encuentro mismo: la criolla y la mestiza. Están quienes nacieron en esta tierra de padres venidos de otras partes, hicieron suya la tierra que los vio nacer. Los criollos amaron este suelo y lo defendieron con voz propia, aunque llevaran en el idioma y la fe raíces distintas. Los mestizos, hijos de mundos que muchas veces se enfrentaron, aprendieron a reconocer en ambos lados algo propio y a construir caminos donde otros levantaban muros. Están también las autoridades virreinales, la nobleza, el clero, las formas de poder que se impusieron desde arriba y que quisieron ocupar el lugar central. Su presencia en el retablo es real y visible: en la arquitectura de las iglesias, en la disposición de los altares, en el orden de las fiestas. Pero lo que sucede es propio de la estética barroca: junto a las imágenes impuestas, y a veces detrás de ellas, permanecen las otras presencias. Lo indígena se asoma en los rostros tallados en las columnas. Lo africano se expresa en el ritmo de las danzas y en la devoción que transforma los santos hasta la santería. Lo popular reinterpreta lo oficial y lo llena de sentido nuevo. Los relatos son diversos, hay muchos que conviven en el mismo espaciode variable dimensión.

Hay un tramo de este territorio donde el retablo brilla con luz particular. Es la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero, donde el mar recibe los ríos que bajan de la sierra y donde la gente negra construyó su hogar. Allí la columna africana echó raíz junto a las raíces originarias y creció mezclada y fuerte. La música lleva el ritmo que cruzó el océano; la comida reúne ingredientes de aquí y de allá con recetas guardadas en la memoria; la curación junta hierbas locales con palabras y oraciones que trajeron quienes llegaron en los barcos; la comunidad se sostiene con el trabajo compartido y la ayuda mutua. Nadie regaló esas tierras. Se ganaron con la vida, con el esfuerzo, con la permanencia. Lo diverso allí no separa: da rostro propio.

El núcleo que sostiene todo este conjunto permanece firme: la vida se construye colectivamente, la tierra se cuida, los que se fueron siguen presentes, nadie avanza solo. El camino no ha sido recto ni siempre tranquilo. Hubo silencios y diferencias, partes del recorrido. Resiste más capas sociales, económicas sin romperse. Se reacomodó, se enriqueció, se mantuvo en pie. La riqueza que nace de esta diversidad es nuestra mayor aportación al mundo. En esta historia surge la figura de Calibán: el que fue despojado, el que tomó la palabra para decir su verdad, el que resiste y reclama su lugar. Su historia es la nuestra: la de quienes siguen aquí, firmes.

Hoy, cuando miramos a Nuestra América, reconocemos muchos rostros. La columna Afro permanece en pie, como prueba de que la vida se fortalece ante quien intenta destruirla. La dignidad de la resistencia, la alegría que no se apaga, la fe en la comunidad siguen vivas y activas. En la Costa Chica, donde el mar y la montaña se abrazan, se ve con claridad: lo diverso nos hace invencibles. Somos muchos pueblos, muchas historias, muchas formas de ver el mundo. Cuando caminamos juntos, avanzamos con fuerza que nadie detiene.

(Afro) Ecatepec de Morelos, 04 de octubre de 2026

mundos enteros, cada uno con su propia lógica, con propia memoria, originaria manera de situarse ante lo misterioso. Y lo primero que hay que marcar es cómo la diversidad se ha dado, ha sido y presentado no siempre como armonía. Ha sido también choque, dolor, contradicción. Lo barroco, tal como lo comprendieron el cubano Alejo Carpentier y el ecuatoriano, Bolívar Echeverría, así como hay belleza en abundancia, existe una tensión de lo que no encaja, lo que se resiste a ser igualado, lo que persiste aunque quieran borrarlo. En la novela Concierto barroco, Carpentier nos muestra precisamente esto: cómo la América que recibe, que mezcla, que transforma lo que llega y lo hace florecer de manera inesperada, da frutos prolíficos en lo cultural, lo estético, lo político y lo discursivo. La diversidad no es debilidad, ésta es necesaria y es la forma misma en que este continente respira.

Llegaron cosmovisiones que no se entendían entre sí. Llegaron formas de poder que se oponían. Llegaron la violencia, la negación, la muerte como instrumento de dominación. No todo lo que vino de fuera fue bien. No todo lo que se mezcló fue bienintencionado. La historia de Nuestra América no es un idilio: es una lucha constante entre lo que destruye y lo que construye. Y en esa lucha, la diversidad misma ha sido campo de batalla y también la fuerza que ha sostenido la vida.

Antes de cualquier contacto, civilizaciones maduras habitaban estas tierras. Mayas, toltecas, olmecas, zapotecas, mixtecas y pueblos nahuas no eran agrupaciones dispersas: compartían milenios de principios comunes. Para los mayas, el ser humano está tejido de maíz y palabra: la carne es tierra, el aliento es viento, la voz es lo que vincula a todos y a cada uno con el origen. El tiempo deja de ser flecha que abandona el pasado, cobrando y asumiendo su esencia de ciclo que retorna, como el sol que se oculta y renace, dinámica necesaria para la agricultura y cada manifestación cultural abigarrada. Para los toltecas, la vida nace del equilibrio de fuerzas: arriba y abajo, luz y sombra, dar y recibir. Nada se mantiene sin entrega. El sol avanza porque alguien dio su sangre; la tierra da porque alguien la cuida; la palabra pesa porque se dice con verdad. En todos ellos, la naturaleza no es recurso: es pariente. La comunidad no es suma de individuos: es el tejido donde cada uno existe. La tierra no se hereda para poseerla: se recibe para cuidarla. La organización colectiva no fue un invento posterior: fue la forma natural de estar en el mundo. Y fue precisamente eso lo que el proyecto colonial intentó destruir: la propiedad comunal, la autoridad de los ancianos, el respeto a la tierra, la memoria compartida.

Y aquí se alza la columna que no se pudo derribar. Junto a las raíces originarias, llegaron otras, arrancadas de su suelo pero no de su espíritu. Millones de personas extraídas de África Occidental y Central —yorubas, congos, bambaras, fons, mandingas, entre muchos otros— vivieron el destierro con todo y raíces: el dolor de la separación, la pérdida del nombre propio, la violencia de ser tratados como cosa. Pero trajeron consigo algo que nadie pudo quitarles: su manera de ver y estar en el mundo. Y esas raíces, llevadas en la memoria y en el pecho, fueron plantadas en suelo nuevo, donde volvieron a brotar, a dar frutos, a mezclarse con otras expresiones y a transformar lo que las rodeaba. No vinieron vacíos. Vinieron cargados de universo.

Cada pueblo con su propia cosmovisión, distinta y a la vez profundamente afinada con la de los pueblos originarios: los yorubas con la convicción de que todo ser lleva un aliento divino; los bantúes y congos con la imagen del mundo como círculo sin fin, donde los antepasados no desaparecen sino que cambian de forma; los akan y mandé con la certeza de que la fuerza vital circula entre todos y nadie la posee. Estas no eran creencias aisladas: eran formas completas de estar en la vida. Y aunque se prohibieron las lenguas, se rompieron las familias, se obligó a renunciar a los dioses, ninguna de estas cosmovisiones murió. Se transformaron. Se disfrazaron. Se mezclaron. Y siguieron sosteniendo a quienes las portaban.

Hay un lugar donde la presencia africana no es solo memoria: es paisaje, es gente, es voz que se escucha en cada rincón. Es la Costa Chica de Oaxaca y Guerrero, ese tramo de litoral donde el mar recibe ríos que bajan de la sierra y donde la gente negra ha echado raíces desde hace más de cinco siglos. Aquí la presencia africana no llegó para esconderse. Llegó para hacer comunidad. Los pueblos de la Costa Chica nacieron del asentamiento de personas que huyeron, que se organizaron, que construyeron pueblos libres en tierras que nadie les regaló. Y en esa construcción, lo africano no se perdió: se avigoró con lo indígena y lo mestizo, dando forma a una manera única de ser mexicano. En la Costa Chica se ve el ethos barroco con toda claridad: lo africano persiste en la música, los tambores, los cantos, la comida, la curación; lo indígena comparte la visión de la tierra como madre, el respeto a los ciclos, el sentido comunitario; y de ese encuentro nace algo nuevo, propio, que no es copia de nadie.

La colonia intentó imponer un solo modo de ver el mundo: el de la propiedad individual, la ganancia, la separación entre lo humano y lo natural. Y frente a eso, las tres raíces —indígena, africana, y la propia mezcla que se hizo aquí— respondieron con resistencia. No fue siempre unidad perfecta. Hubo diferencias. Hubo silencios. Pero lo que permanece es ese núcleo compartido: la vida es colectiva, la tierra se cuida, los que se fueron siguen entre nosotros, nadie se salva solo. Ese núcleo nació de abajo, en la cocina compartida, en el trabajo conjunto, en la fiesta que reúne a todos. Es el ethos barroco hecho carne: muchas voces, un mismo canto.

Como nos recuerda Carpentier, esta riqueza que nace de la diversidad es también nuestra mayor aportación al mundo. Y en esa historia de encuentros y resistencias surge una figura que se ha convertido en símbolo de nuestra postura ante el poder: Calibán, el que fue despojado, el que habló con la voz de quien lo dominó para decir su propia verdad, el que resiste y reclama su lugar. Esa es otra historia, sí, pero es la misma historia: la de quienes no debieron existir y aquí están.

Hoy, cuando miramos y vivimos Nuestra América, no somosun solo rostro. Vivimos muchos Vemos muchos. La columna Afro sigue en pie, siendo mucho más que recuerdo de dolor, siendo una prueba de que la vida vence a quien intenta destruirla, pues es una vida ética, es Ethos y es barroco. Es Macondo y Macongo. La África trajo a este suelo la dignidad de la resistencia, la alegría infinita, la fe en la comunidad viva, activa. En la Costa Chica, donde el mar y la montaña se abrazan, se ve con claridad: lo diverso no nos debilita. Nos hace invencibles. Porque somos muchos pueblos, muchas historias, muchas formas de ver y ser el mundo y, precisamente por eso, cuando caminamos juntos, nadie nos puede detener. Caliban vive, resiste.

(Afro) Ecatepec de Morelos, 04 de octubre de 2026.

 

 

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