La Blanca y su casa premiada, el barro vientre materno.

Por Gustavo Ortiz y Víctor Fuentes

«Tu casa debería contar quién eres, ser una colección de las cosas que amas»

Nate Berkus

Este  recorrido es uno de varios que hemos hecho acompañados Gustavo y yo, hoy fuimos a La Blanca, agencia de Santo Domingo Ingenio, de donde es Gustavo, con la esperanza de ver la casa que ganó un premio por la UNESCO como casa que se construye con técnicas tradicionales y materiales de la comunidad, además de no impactar de manera negativo con el ambiente.

El trayecto no fue pesado, viajamos en taxi especial, nos dirigimos a “Cheguigo” donde hay más casas construidas después del sismo del año 2017, cruzamos el río que nos daba en los tobillos, lo cruzamos para remediar calambres, me quité los huaraches, Gustavo tuvo que quitarse sus botas y luego  ponérselos, a veinte metros del cruce, el río terminaba y se podía cruzar, era rio cortado, truncado, hermoso pero un río que tiene fin. 

Nuestros pies en el agua, recordaba nuestra infancia, pero también era preámbulo a la aventura que veríamos después, en el camino en Cheguigo, vimos un árbol de Brasil majestuoso, gigante, parecía que fueron trenzados por una nana hábil que mientras te trenza, te cuenta cuentos o te canta para arrullarte. 

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Llegamos a una casa pequeña, nos dieron permiso de tomarle fotos, con cierta desconfianza, quizás nuestra pasión por la casa los convenció, que no éramos maleantes o pretendíamos timarlos, entramos, era la casa de nuestros sueños. Pequeña, de barro, el techo de ocote  y tejas con unas ventanas pequeñas, sin duda al entrar te sentías como uno se imagina sentirse en el útero de su madre. 

Los vecinos, nos rodearon, pidiéndonos apoyos, creían que éramos del gobierno y pedían  que las obras que estaban inconclusa, continuaran, que necesitaban materiales y recursos para acabarlos, les agradecimos y seguimos, no sin antes vi que las manos de Gustavo, recorrían ese barro, al sorprenderlo, me comentó “sentí que con mis manos erotizo mi piel y en mi memoria mis ancestros zapotecas calentándome, no solo mi cuerpo sino mi corazón”. 

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Continuó “deseo vivir en una casa color de mi piel”, una casa que se parecía a nosotros. Seguimos el camino, la propietaria de la casa pequeña, nos dijo que la casa ganadora, estaba más arriba, y que la señora se llama Gloria, fuimos a la casa de la ganadora del premio, la vimos hermosa, la vimos, pero no entramos, lo lamentamos mucho, no había nadie, da gusto saber que la gente va al campo, al cuidado de sus animales y cultivos, como una forma certera de ser comunidad. 

Una manera digna de afrontar este sistema consumista, y esta sociedad liquida (Zygmunt Bauman 2017)   cada vez alejado de prácticas ancestrales y cuidado del ambiente. Regresamos a La Blanca por el río, donde termina y se puede pasar, vimos otras casas del mismo proyecto pero con “concreto” con las varillas en la cimentación y mampostería.

 

Algunos comentarios de los que las habitan, pronto nos los compartieron “que las constructoras venidas de fuera por los programas de gobierno y fundaciones no respetaron las prácticas tradicionales de nuestros tatas”, sin duda, eso puso calientito nuestros corazones,  al entrar a la primera casa y sentir estar en el útero materno se nos enfrió. Comentamos, ya en nuestro descanso,  otra vez proyectos que se implementan sin reconocer los saberes comunitarios y ancestrales, sin hacerlos participes, sin que ellos fueran protagonistas. 

Pero, ese sentimiento de des-esperanza lo llenó la calidez de la gente de La Blanca, sus atenciones para mandar a traer al “Guapo” un mototaxista que debía llevarnos de regreso al centro, y luego al entronque de la carreta panamericana. Nos ofrecieron sus rico pan que inundaba las calles con su aroma, los tamales de chípil con pollo envueltas con las hojas de laguna, que sin duda nos regresaron otra vez, a ese vientre materno.

Gustavo Ortiz y Víctor Fuentes

 

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