EL ÚLTIMO CUIDADO FREDERIC TOLEDO

Edición: Adela Alarcón

“Con los dedos índice y medio se delinean las costillas y de arriba hacia abajo, en la parte inferior de la última, es ahí donde se introduce el formol, para frenar la descomposición del cuerpo de la persona fallecida”.

Con voz firme y tranquilo, Kenneth Morán Alonso de 15 años, originario de Unión Hidalgo, ubicado en la región del Istmo de Oaxaca, relata su experiencia de más de 5 años como embalsamador de la funeraria familiar Ranchugubiña, palabra de origen zapoteco, que significa “unión de rancherías”, la primera establecida en el lugar, donde ha permanecido por 23 años.

Kenneth comenzó su relación con la muerte a los 10 años, relata que junto a su tía ayudó a colocar a su bisabuelo dentro del ataúd, para él este momento significó una muestra de respeto hacia un integrante de su familia.

“… vi a mi tía hacerlo con seguridad … me aseguraba que no iba a pasar nada, el cuerpo lo vestimos, manteniendo siempre el respeto hacia él”.

A partir del velorio de su bisabuelo aprendió a acomodar las sillas y repartir veladoras, después acompañó a sus familiares a transportar ataúdes a los hogares. Más tarde observó directamente el trabajo de los embalsamadores, pasaba agujas, algodón y formol,mientras escuchaba y veía trabajar a los adultos, así aprendió, no a través de libros ni cursos especializados, sólo mediante la observación constante.

Mientras otros niños corrían en parques o pasaban las tardes jugando en la calle, él recorría los pasillos de la funeraria entre ataúdes de madera. A los 12 años ya manejaba vehículos estándar para transportar mesas, sillas y ataúdes. Poco a poco comprendió que el oficio no consiste únicamente en tratar con los fallecidos, también implica atender a las personas que permanecen vivas.

Foto 1 Funeraria Ranchugubiña.

Foto: Antonio Argüelles

En Unión Hidalgo, el trabajo de embalsamar se realiza mediante técnicas precisas, pero también se guía por una pregunta esencial ¿por qué se busca que el difunto luzca natural, como lucía en vida? La respuesta habita en el último recuerdo, en la necesidad de preservar intacta la imagen de su rostro y su cuerpo.

En el libro “Muerte y vida de los zapotecos en Monte Albán”, escrito por Cira Martínez López, Marcus Winter y Robert Markens publicado por Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), escriben acerca de la cosmovisión ancestral de estos pueblos y describen la creencia de que la muerte es otra etapa de la vida, el familiar al trascender al siguiente plano funciona como una especie de intercesor que nos cuida, por lo tanto, respetar las tradiciones es de suma importancia ya que se tiene que asegurar que la persona pueda continuar la siguiente fase de su vida, y el respeto que se le otorga a través de los rituales busca influir en la conexión trascendental con nuestro ser querido.

Aquí es donde la figura del embalsamador no sólo es un trabajador que presta sus servicios, según los practicantes de esta labor en Unión Hidalgo éste mismo es aquel que respeta y conoce la tradición, ha estudiado las técnicas de embalsamado y no sólo entiende la cosmovisión si no que la vive, y gracias a esto puede ser el encargado de brindar el sepulcro como dicta la comunidad, y acompaña al difunto al final de esta etapa.

Los métodos son específicos, el formol retrasa el estado de descomposición y el gel de cauterización tópica se usa para rellenar heridas o llagas, ambos ayudan a darle una apariencia natural al cuerpo, se maquilla con los tonos que recuerdan sus parientes. Además, la familia proporciona una foto impresa que sirve como guía para restaurar el cuerpo, se viste con prendas típicas como el huipil bordado con flores de colores, las enaguas amplias y el resplandor que enmarca el rostro en el caso de las mujeres, o guayaberas, pantalón de vestir y paliacates en el caso de los hombres, vestimentas propias de la región del Istmo de Tehuantepec.

Por lo tanto, las tradiciones influyen profundamente en esta labor; adaptar el embalsamamiento a las creencias zapotecas no solo implica un procedimiento, sino la preservación de una cultura que da identidad.

Bajo esta misma lógica, el doctor Fernando Plascencia Martínez, profesor investigador del departamento de Sociología de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, explica que la muerte es un ritual simbólico en el que negamos a la muerte, la sepultura y la serie de actividades recaen en un acto que aminora el dolor, y a su vez evitamos el olvido que es la muerte social.

Por otro lado, en medios periodísticos regionales como Cortamortaja, en su nota “Los entierros del Istmo”, se menciona que para los habitantes del Istmo de Tehuantepec la muerte forma parte natural de la existencia. Aunque aman profundamente la vida, aceptan que el destino de cada persona está determinado y que, llegada la hora, nadie puede alterar el curso de los acontecimientos.

Foto 2 Un abrazo fuerte en el sepulcro.

Foto: Antonio Argüelles

Preparar el ritual

Cuando murió el abuelo de Amairani Alonso García, tía de Keneth, preparó el cuerpo dentro de una habitación de la casa de Petrona López o “Tona”, como le decían de cariño a su abuelita. Afuera, la tradición ya comenzaba, mientras una tía barría el patio, otra acomodó las sillas debajo de un toldo y una prima salió a recorrer las calles para avisar personalmente a familiares y amigos sobre el fallecimiento.

En la cocina varias mujeres prepararon café, otras cocinaron el relleno, carne de lomo de res con adobo de chile guajillo y los tamales de mole para el día del sepulcro. Dentro de la habitación, Amairani embalsamaba en silencio, su labor hizo que una tradición continuara y que su familia pudiera despedirse del abuelo Martín.

Poco a poco el aspecto de la casa cambió, las flores rodearon el altar, las veladoras fueron encendidas y los vecinos llegaron a paso lento para acompañar a la familia. La abuela “Tona” decía que cada persona llegaba al velorio con una luz entre las manos porque nadie debe emprender su último viaje en la oscuridad.

Algunos habitantes creen que las velas y veladoras alumbran el camino hacia el cielo, otros afirman que ayudan al alma a encontrar descanso. Pero más allá de las diferencias, todas las familias coinciden en algo, la luz acompaña al difunto durante su transición.

Las flores significan acompañamiento a la familia durante uno de los momentos más difíciles de su vida. Parece ser una manera de medir cuántas personas se acuerdan de ti en el momento de tu muerte.

La comida ocupa un lugar igual de importante dentro de la tradición, ya que, durante las largas noches del velorio, el café circula constantemente entre quienes permanecen despiertos.

A los 9 días, los tamales, el pan y el relleno aparecen sobre la mesa para alimentar a familiares, amigos y vecinos. La familia sacrifica a una res para agradecer a todas las personas que acudieron a acompañarlas, por lo que la comida representa el reconocimiento hacia quienes dedicaron tiempo, esfuerzo y compañía durante el duelo.

Por 31 días se reza en la familia hasta llegar al cuarenta, día en el que se levanta la Cruz de la casa del fallecido, se preparan tamales rojos de guajillo y carne de res, y se pide la misa en la iglesia. Al cabo de año se realiza nuevamente una misa y se recorren las calles hasta llegar a la casa donde esperan familiares con cubetas de litro con mole negro y tamales para entregar a los acompañantes.

El embalsamador tiene que entender cada uno de los elementos de este ritual, Amairani agrega que ninguna capacitación técnica te enseña tanto como las propias tradiciones en la vida cotidiana, los cursos explican procedimientos, pero no muestran cómo funciona una comunidad que vive la muerte de manera tan cercana.

“… cualquiera puede aprender a utilizar formol o realizar procedimientos de conservación, pero entender las costumbres del pueblo requiere años de convivencia”.

Foto 3 Dos familiares se toman de la mano junto al ataúd durante el velorio.

Foto: Antonio Argüelles

Las integrantes de la familia Alonso García, comprenden que el trabajo conlleva dedicación y atención, Amairani aprendió desde pequeña junto a su hermana Rosa, madre de Keneth, y actualmente llevan más de 13 años dedicadas al embalsamamiento.

Lo más difícil

La muerte en Unión Hidalgo no se esconde, cuando alguien fallece, las noticias recorren las calles rápidamente, el dolor existe, pero también existe la necesidad de actuar, cada quien encuentra una tarea para ayudar de alguna manera.

Los familiares de la persona acaecida acuden a los servicios funerarios, los precios rondan entre los 10 mil hasta los 35 mil pesos, estos datos son los que seproporcionan en la funeraria Ranchugubiña, se ofrecen diferentes paquetes, pero el pago del ataúd incluye el recorrido en vehículo de la casa hacia el panteón, la renta de las sillas y mesas depende de la cantidad, pero en general un funeral sin hablar de gastos en alimentos y bebidas podría salir en 20 mil pesos.

Quizá el precio no sea excesivo para personas con poder adquisitivo, sin embargo, es elevado para familias de escasos recursos, en estas situaciones las Alonso García buscan dar la mejor oferta para aminorar la pena de los familiares.

Pero más allá de estas dificultades económicas, Rosa relata que una de las experiencias más difíciles que vivió fue durante una regada en Chicapa de Castro, a 5 kilómetros de Unión Hidalgo, durante una celebración tradicional en el marco de fiestas dedicadas a la Santa Cruz.

Han pasado 10 años desde entonces, pero todavía recuerda la noticia, las calles estaban llenas de personas, los carros avanzaban entre música y gritos, mientras la gente intentaba atrapar los productos que lanzaban al aire, entre la multitud se encontraba un niño que caminaba cerca de un carro alegórico, cuando de pronto corrió para recoger una sopa instantánea, horas después estaba en la funeraria.

El suceso paró la celebración de golpe, la gente comenzó a hablar de lo ocurrido y poco después el cuerpo llegó a las instalaciones de la funeraria Ranchugubiña. Rosa ayudó a su hermana porque el trabajo parecía imposible, mientras observaba al menor sobre la mesa no podía dejar de pensar en la familia, la gravedad de las lesiones obligaba a realizar una reconstrucción complicada.

Rosa recuerda las horas de trabajo, el silencio dentro de la sala y los intentos constantes por devolverle al menor una apariencia que permitiera a sus familiares despedirse de él. A veces tenía que detenerse unos segundos para contener las lágrimas, no porque fuera incapaz de realizar el procedimiento, tampoco porque fuera la primera vez que enfrentaba una situación difícil, sino porque detrás de aquel cuerpo existía una historia trágica que toda la comunidad conocía.

Entonces, el verdadero trabajo aparece cuando una familia entra a la habitación y observa por última vez a la persona que amó. En ese momento el embalsamador deja de ser un técnico y se convierte en alguien que ayuda a construir una despedida.

Finalmente, la figura protagonista de este texto no sólo es la persona que se encarga de inyectar formol, tampoco es esa persona con estómago de acero, sino la que creció con las tradiciones y una cosmovisión que forjó su manera de ver la muerte. Al paso de 23años, las generaciones de esta familia han permanecido en la funeraria acompañando a la comunidad, por lo tanto, su trabajo no sólo radica en elprofesionalismo, sino en un sentimiento de familiaridad, porque en este pueblo al embalsamador se le enseña lo que la escuela no puede, abrazar a su comunidad en su última despedida, desde el amor.

Foto 4 Una mujer se aferra al ataúd durante el cortejo fúnebre.

Foto: Antonio Argüelles

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