Víctor Fuentes / Un guerrero de la lectura

El discípulo contempló el poema. Después tomó el rastrillo y barrió las palabras del suelo. El maestro asintió. El discípulo siguió barriendo hasta el anochecer.
OmoriRoshi

En mi pueblo, todos conocemos a un señor espigado, imberbe, pelo relamido, extraordinario en todos los sentidos. Su cara casi arrugada, dice no sólo su edad sino más bien revela sus desafíos. A diario nos enfrenta con sus inventos, la primera vez, que uno de ellos me sorprendió, fue cuandopintó la fachada de su casa con grecas y estucados de diferentes matices y con una gama infinita de tonos tierra.

Este hombre flaco, me evoca a don Quijote, usa barba de chivo que dejó crecer no sé cuántos años, la lleva no precisamente para ser el flaco de la novela, todos los días la acaricia, de esa barba rala saca el mejor provecho, mientras la tiene entre sus manos. Medita, de manera invariable, toma la tarde bajo la sombra de sus árboles de Chico Zapote, y arbustos, que para nada permite se deshierbe; cuando los encargados del Municipio organizaron una campaña de patios y calles limpias, sin piedad deshierbaron y retiraron todos los cachivaches acumulados por él, durante años.

Esa tarde y toda la semana se le fue por enteró el poco brillo aceitunado de sus ojos, seguro más de un maravilloso invento dejo de ver la luz, por esa imprudencia. Dejó pasar una semana, y a menosdel mes, la casa y su patio estaban de nuevo atestados de minucias. Que para su bien alegraron su corazón, y a mí, la mirada.

El mundo taciturno que lo acompaña, lo lleva a los velorios, donde conversa entre monosílabos y palabras certeras. Lo que no deja de robar la atención es su atuendo extravagante, tan colorido que puede ser un overol naranja de obrero de Pemex o barrendero citadino, acompañado de unas botas picudas.

En una ocasión, adornó su cabeza con un sombrero panameño de diseño único; que forró de terciopelo negro, en el ala interna, fijó con cuidado retazos de flores bordadas del istmo, que recortó de un huipil que extrajo de sus bártulos. Sin lugar a duda diseño que Covalín, le envidiaría hasta la locura.

Otro día, sacó a la calle uno más de sus inventos, le sirvió tanto esa vez que enfermó de Chikungunya, él montado en su silla de rueda fabricada con arandelas sacadas de un coche destartalado, sobre unas tiras de madera encimó una carriola de plástico, media cuadra de quienes lo vieron sentado y conduciéndolo rumbo a las vías férreas, morían desternillados, otros recatados volvían indiferentes sus caras para mofarse de su osadía. Yo no lo vi, de verlo también reiría.

Su bata blanca, que no se la quita ni para dormir, le valió el mote de “Médico”, muchos dicen que al Médico de tanto estudiar se le botó la choya, y con ello el empleo, corrió con suerte ferrocarriles de México, con Salinas de Gortari se gestó el despido masivo de sus trabajadores, él fue uno de ellos, digo por fortuna para su hermana mayor que en medio de su locura, fue ella quien hizo los trámites y cobró fondo de retiro y hasta hoy sigue cobrando la pensión.

En esa ocasión, se le declaró en estado saludable, cosa deshonesta e indignante, mientras el albergaba ya su estado natural, dicen los vecinos que fue un hombre ilustrado, siempre lo veían con un libro entre sus manos, mientras fumaba puros, a veces bebía mate, la gente pensó siempre que era marihuana lo que inhalaba desde una olla plateada con cuero.

Sus refinamientos no eran para menos, en un pueblo con calles polvorientas, donde los marranos podían comer mierda de los retretes. Estos modales marcaron sus excentricidades, cruzado de piernas formando con abreviada facilidad un ocho, y sus ojos recorrían las páginas de un libro medio gordo, gordo o delgado.

Cuando pasea sin rumbo, que es lo que más sabe hacer, lleva a cuestas un morral de mandado lleno de revistas, libros de textos de primaria, un diccionario ajado vuelto taco, varias hojas sueltas, amarillentas, avejentadas, un directorio de los que regala Telmex. Para tomar un descanso deposita el morral y enseguida coge un libro, con detenido afán para sostenerlo muy cerca de la cara, así se libra del viento que arremolina las páginas de entre sus manos.

Esta costumbre se acentuó en la edad avanzada, cruza la pierna en forma de ocho, carga una silla producto de sus inventos, cuerpo de fierro, respaldo de tela, sentadera a base de una tapa para excusado. Formidable silla, incluye aire acondicionado. Rumoran los transeúntes.

Los libros se acompañan de revistas de vaqueros, y para la salud sexual las pornográficas, a todo color. El día que lo sorprendimos, me acompañaba un amigo promotor de lecturas, al verlo luego sacó la cámara, enfocó y con delicadeza muestra la toma, una de ellas sirvió para rebautizarlo como el guerrero de la lectura.

Con una fotografía de todaslas capturadas. Mi amigo inmortalizó su casco hecho con pedazos de cartón y hoja lata, de ese día para acá, consideré prudente biografiarlo, motivado por lo que pude ver que leía, era un libro mustio de actas a puño y letra de las asambleas y mítines en la ciudad de México del movimiento ferrocarrilero.

A ese mismo casco inmortalizado le colocó una pluma de gallo giro, que al ponérselo parecía un vikingo, leyendo a orillas de una playa. Mientras las señoras van y vienen frente a él, yendo por las compras al mercado de la estación.

-Oye-, ¿Así quieres tener a tus niños?- me dice un segundo amigo, cuando nos lo encontramos montado en su silla de ruedas, con la pierna como acostumbra a cruzarla. Y el libro entre sus manos, a la altura de su barbilla, a escasos centímetros de su cara. Para las mujeres de mi tierra, no es un vendedor de guisos, ni de frutas, ni de oficio alguno, tampoco vende cestas u ollas, de verlo a diario a orilla de la estación, para ellas, él vende lecturas, sus lecturas silenciosas.

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