Una vela sin alcohol | Jorge Magariño

 

Más o menos veintiún mil cartones de cerveza, de una marca, se consumen en la semana principal de las fiestas juchitecas, me confió un amigo hace poco. De algún modo, que no quise averiguar, obtuvo el dato. Y le creí. Por varios años intenté obtener la cifra, pero siempre se me respondía que esa numeralia era asunto confidencial de la empresa. Ahora, por fin aparecía el peine.

A eso, es necesario agregarle por lo menos quince mil de la otra marca, le sugerí a una apreciada periodista, mientras conversábamos en torno al dinero que circula por estos rumbos durante dichos siete días. Siete días de jolgorio, de felices desvelos, de asestarle traperas puñaladas al gimiente hígado y verter sobre las paredes del estómago: ácidos, grasas, almidones y picantes sin fin.

Uno parece no tenerle compasión al cuerpo en tales fechas. De manera inmisericorde lo tratamos, como si el páncreas tuviera capacidad suficiente para reproducir sus dañadas células o nuestra finita humanidad aguantara como si tal cosa los desvelos.

Claro está que la muchachada siente que la cuerda nunca se reventará; quienes apenas ingresan a la edad adulta, suponen que aun cuentan con la fortaleza de sus años mozos, sin percatarse de que las junturas ya no tienen la misma resistencia. Y no falta hombre o mujer entrado en años que también se sume al entusiasmo, a la jocundez de esos días, con la incierta esperanza de que los daños probables no pasen a mayores.

Camiones y camiones de cerveza desfilan como en alegórico paseo por la entrada de este heroico pueblo de San Vicente Ferrer y Mariá Santísima.

En una cierta vela se ufanaban de recibir a unos tres  mil invitados, lo cual significa por lo menos el ingreso de mil quinientos cartones llevados por los varones invitados, pero si la tal vela cuenta con treinta socios, y cada uno prepara cincuenta cartones para recibir a quienes le lleguen a visitar, ya tenemos ahí precisamente tres mil cartones.

A esta cauda de cebada en fermento es menester agregarle los frascos que se beberán en la correspondiente lavada de ollas (que en algún tiempo –ya olvidado- fue tal, ocasión para ayudar a los organizadores de alguna fiesta y lavar lo que fuera menester; pocos años bastaron para que fuera contundente colofón de la fiesta principal y no simple labor higiénica).

Y así, la contadera de cartones se vuelve de mayúsculas dimensiones para emoción y gozo de los europeos propietarios de las cerveceras, que durante muchos años tuvieron el fierro de firmas mexicanas.

Mas a cuento de qué viene todo esto, me dirán.

Resulta que hace una semana platicaba con Abenamar, un joven metido a labores de literatura. Por alguna extraña razón salió a relucir el asunto de las dimensiones hidráulicas de las renombradas, monumentales y majestuosas velas juchitecas.

Recordé, taza de café de por medio, lo platicado antes con la periodista arriba citada. Y cuando me disponía a re enderezar mi filípica acerca de las aguas en comento, el muchacho me detuvo en seco.

-No, maestro, no todas las velas son así –me dijo ufano.

-Cómo.

-Hay una en cuya invitación se anota con toda claridad: Fiesta totalmente sin bebidas alcohólicas. Es más, en la tarjeta también se puede leer que los refrescos se compran con los mayordomos.

Mi pasmo fue tal que le di un buche generoso a la taza blanca que tenía en la mano, sin recordar que acababan de llenarla con café casi hirviendo. Luego de que los lagrimones causados por la quemada hubieran cesado, le pedí que me hablara más del asunto.

Relató enseguida que la tal celebración inició unos diez años atrás, pero se realizaba por la tarde. Alguien propuso el cambio de horario, cinco años ha, lo cual fue aceptado de inmediato por los socios.

Se sirve abundante botana, agrega Abenamar, hay música normal, se baila toda la noche, pero eso sí, cero alcohol. Si alguien quiere transgredir la norma, se le invita muy amablemente que regrese por la puerta de gracia de donde procediera.

-Y dónde ocurre tal cosa -pregunté con el asombro dibujado en la punta de la lengua.

-Aquí, en la segunda sección, frente a la parroquia de la Santísima Trinidad. Por cierto, este año Daniel Gurrión fue a coronar a la reina. Tenemos calenda, vela, regada y misa, pero eso sí, lavada no hay. Ah, se realiza en la primera semana de junio.

Me tendió un ejemplar de la invitación, que por casualidad llevaba.

-Lo invito para el próximo año –me dijo sonriendo, como no creyendo que yo aceptara el convite.

-Iré, sin falta –respondí, también dibujando la sonrisa en mi rostro.

Pasamos a otros asuntos, nos despedimos. Más tarde, en la xadaneña casa, me puse a pensar en la feliz osadía de esos juchitecos, de esas juchitecas, que arman una gran vela, bailan, comen, pero no beben alcohol.

vela

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