Hilvanar la pesadumbre, mujer de los collares de flores / por Víctor Fuentes

 

#istmopress Poca sombra le llegaba a la mujer, que, apoyada de sus piernas como un cuenco donde contiene las flores, de un tambo percudido, medio lleno. Saca guie’ chaachi, de tres distintos colores. Mira, saca y aparta las que están dañadas por las lluvias o muy marchitas.

Apenas levanta la vista, sumida en un monologo, mientras habla, no deja de mover las manos arrugadas, llenas de pecas con venas gruesas, que la revela como mujer trabajadora. Con una aguja capotera hilvana una a una las flores, cuida que sean de un solo color y los pasa por el ovillo del pedúnculo para que la siguiente se acomode detrás de la pasada, así hasta terminar una cuerda de hilo fino de rafia, casi un metro de largo, los collares que me vendió median menos del metro.

Me acerqué a ella, ese domingo después del mediodía, y en cuanto me vio, empezó a hablar sin tomar aliento: “Hasta ahora, no he vendido nada, solo he vendido 30 pesos, durante toda la mañana, estoy esperando que la gente compre, solo me llega ese olor a taco xa papá, la gente ya no tiene santo, ya no compra, pues ya no vendo como antes”.

Toma pausa, solo para verme a la cara, la expresión ‘como antes’, es un indicador de tiempo mejor para Esmeralda. Supongo eso antes, por su edad son unos 30 años, atrás. No quise abusar, pero puedo hacer cálculos, su antes lo dice con un respiro que se pierde entre los olores de sus flores reunidas. De esos tres colores, donde ella pone sus esperanzas de un mejor ingreso. Su deseo se mezcla en ese rosa, otro tanto de amarillo, y otros más claro del mismo tono.

No deja que me distraiga, continua en su monologo, “mantengo a mi hijo”, angustiado y confundido, le pregunté, para entrar en conversación, pero me desplazó con una respuesta instantánea “ya está de tu edad yo creo”, sonríe, y no para de mover la mano.

“Le llevé pescado de lo que cambie en el mercado, porque no alcanzó para carne de res, se enojó, pero qué le vamos hacer todo sube, todo es muy caro, ya no alcanza el dinero, y dice Peña Nieto que no va a dar nada de bono, que bueno es que mi marido lo pensionaron,  a veces me voy caminando al centro, de ahí a la parada del crucero, para no gastar el poco dinero que vendo, así hasta llegar a mi casa en Ixtaltepec”.

Na Esmeralda vende más flores para collar cuando es tiempo de campaña o cuando los domingos confía y espera que nuestra gente acuda al camposanto. “Lo bueno de estas flores, es que no me abandonan, si riego tengo poco, pero tengo, a veces le doy gracias a dios, por tener valor de venir hasta acá, luego me voy a otro mercado, ando de un lado a otro, cuando hace calor sufro por mi piel que se quema, pero cuando hace frío me duele el pie, de todas maneras, sufro mucho. Mientras viva no me quejo, seguiré este oficio de dios”. Me dice Na Esmeralda          

Los ojos claros, reflejan luz casi apagada, me sigue contando que vio en las noticias cómo un señor se salvó por dos meses de estar perdido en el mar. Que cuando sentía hambre, solo leía la palabra de dios y se le iba el hambre, no sé con qué intención me lo contó, si para evangelizarme o para asegurase de orar en voz alta.

En verdad, todos los oficios de las personas se mueren con ellos, es el caso de Na Esmeralda, “Porque mi hijo solo ayuda a pepenar y cortar algunas a veces con un bichíqui”, de ahí ella  los hilvana, durante su traslado de ida, “hacer flores de cadena es  una cosa que se marchita no es como vender carne, no se acaba, le pones sal y lo oreas, estas flores si no se usan hoy para mañana ¿Qué vendo? o ¿Qué gano?”, pues nada. Se responde, así misma.  

Me hizo unas señas, el chofer del taxi, ya próximo a salir rumbo a Unión. Moví la cabeza, en señal de espera, le pedí a Na Esmeralda que me vendiera unas cadenas de guie’chaachi, presta como toda comerciante: “Te doy 3 por 25 pesos papá”, enseguida pregunta presurosa ¿Tienes mamá?  Se va a alegrar cuando llegues, respondí de igual manera, rápido, con un no.  Acomodé los 20 pesos sobre su pierna en la parte desocupada, pues, ella seguía poniendo una flor tras otra.  Sin siquiera detenerse a olerlas.

 

Víctor Fuentes / Istmopress

 

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