El incendio de las velas juchitecas/ Jorge Magariño

#Istmopress 30 Mayo.- Una lluvia incansable intenta borrar todo vestigio de la vorágine apenas pasada. Se escurre por las paredes del Salón na Reyna, de la Octava sección, y mira atónita a quienes lucen felices, danzando bajo la techumbre, con la garganta henchida de entusiasmo, en plena “lavada de ollas” de la última vela juchiteca, la Vela Cheguigo, la que remata a toda asta la semana intensa de las fiestas titulares de este mundo y aparte que es Juchitán.

Don Beno Juárez dijo hace ciento sesenta años, “les doy tres días de fiesta, para que celebren ordenadamente, como la Reforma manda, la elevación de su pueblo a la categoría de Villa”, mas el alma jubilosa de quienes habitan en esta tierra, jolgoriosa como nadie, decidió prolongar estas festividades durante todo un mes.

Y así fue de nuevo en este año.

Allá por la Séptima sección, barrio bravo como pocos, el incendio de la alegría inflamó la noche en que al ritmo de “Bupu y Ron” miles de personas bebieron y comieron durante toda la hora nocturna, bajo la invocación de la Vela de los pescadores, la que nos recuerda uno de los oficios más antiguos del mundo, una de las ocupaciones de hombres  y mujeres de este lugar lleno de luz.

Luego vinieron más, tal si hubieran abierto de pronto la puerta del mundo de los asombros y esplendores. Llegaron las mujeres con sus trajes, con hilos multicolores y diseños salidos de la imaginación de Sidral o de Romelia, del Baúl de Victoria o las artesanas de Santa Rosa, con hartas flores de todos tamaños: jazmincillos, azucenas, claveles, tulipanes.

Huipiles y enaguas elaborados con la paciencia del bordado en terciopelo, con el ganchillo atravesando la piel de ángel, con la veloz aguja de la vieja Singer surcando la tela azul del algodón y sus miles de redondas gotas.

(En las invitaciones se podían leer las exigencias, “Damas: Riguroso traje regional, no se permitirá la entrada a quienes asistan con telas estampadas venidas de la China”. Y las exclamaciones menudearon. Que si eran fiestas populares, debía permitirse el uso indiscriminado de todo tipo de trajes, pues no todas las mujeres podían darse el lujo de comprar uno para la ocasión. Olvidaban quienes tal cosa dijeron, que los trajes no son de usar y tirar o empeñar en el Monte de piedad, que hay muchachas, señoras, que portan felices las vistosas ropas de la abuela.

Textos que fueron del sentimentalismo ramplón a la reflexión temperada o el apunte práctico.)

El jolgorio siguió encendido durante el mes de mayo, con lluvia o sin ella (un locutor de radio dijo -apenas esta mañana- que Tláloc era un dios maya similar al dios del trueno de los griegos, y es el mismo usador de micrófono que hace apenas una semana nos informó, por el mismo medio, del mito ateniense referido al “tendón de Ulises”. Por supuesto que se refería al “talón de Aquiles”).

En la Vela Angélica Pipi bailaban bajo el enlonado, diciendo ufanos que “Vela sin telón no es vela, es un simple baile”, en referencia al uso de tal cubierta de gruesa tela, tensada por robustas cuerdas, con un alto mástil al centro de la pista, tal si fuera el palo mayor de un barco (en los viejos tiempos solían colocarse largas tiras de papel con brocados en oro y plata alrededor de la pista, años hubo en que también se ubicaban altos espejos enmarcados, todo ello para dar justamente el aspecto de un salón de fiestas, a la usanza europea sí, pero con el alma nuestra).

Luego, la pasarela de políticos –diestros y siniestros- se hizo presente en la celebración dedicada al labrador San Isidro, hombre humilde y generoso canonizado por Gregorio XV, allá por el siglo diecisiete. Ahí, en un escampado que será fraccionamiento habitacional alguna vez, unas tres mil almas con su respectivo cuerpo se entregaron a la pachanga, las más sin saber quién era el mentado santo.

Pero eso sí, aguantaron a cadera firme y danzadora un par de porrazos de agua que les mandó el varón avecindado –en sus tiempos- en los  madriles. Pasito padelante, pasito paratrás, revoloteaban las floridas enaguas, mostrando un holán ya de plano achocolatado por el lodo de la rústica pista de baile.

Poco antes del tercer porrazo –que provocó la graciosa huida de al menos la mitad de la concurrencia- se decía entre trago y trago que “Los soberanos” animaban más que los foráneos contratados, un grupo mentado Master kumbia, con una ecualización envolvente –estos últimos- que parecía mismamente que las trompetas se hallaban frente a los baños, a doscientos metros del escenario, los bombos en el centro del bailongo y las voces apenas audibles, encima del entarimado.

A golpe de sones, buches de feliz alcohol y canastos de botana, llegaron las velas encendidas en honor al valenciano Vicente Ferrer, cuyo primer milagro –dijo Henestrosa- fue volverse santo el mismo.

Lado Norte o Lado Sur, rezaban las respectivas invitaciones, para recordar que en el año de gracia de mil novecientos sesenta se dividió la tal ofrenda mundana, una diferencia que mi informante no quiso platicar provocó que en tales fechas se formaran dos mayordomías donde había una.

El presidente municipal de entonces, Jaime Ferra Velásquez mentado, quiso impedir que los del lado Norte instalaran su telón y envió un piquete de jenízaros para el efecto, hasta que se apareció el profesor Vidal Candelaria, a la sazón Síndico municipal y estudiante de leyes, para decirle: Amigo, creo que nos estamos metiendo en un problema, la Sociedad está amparada, y si no los dejamos hacer su vela, nos vamos todos al bote. Mediavuelta dio la policía.

Ahora, cada una se afana en hacer mejor su parte que la otra. Cada una con la exigencia: ni hombres vestidos de mujer ni mujer vestida de hombre para ingresar. Y la restricción fue tal que las dirigencias de las dos partes pretendieron impedir que un joven artista, ejecutante de danza moderna él, cumpliera con su promesa de representar a San Vicente en la regada de frutas.

Bajo el argumento de que la imagen del patrono de Juchitán no podía ser llevada a cuestas por alguien que bailó con enagua en una coreografía, las sociedades dijeron No. Pero pudo más la fuerza y la fe del joven. Sobre un camión, luciendo su vestimenta, con dos parejas de acompañantes, Jesús Ramírez salió a las calles, fundido con el desfile de carretas, camiones, caballos, hombres y mujeres de varia edad, niñas y niños con la sonrisa brillando a medio rostro.

Y la discusión en las redes sociales, en las aceras y el café, reapareció como desde hace varios años. Anatema, homofobia, discriminación, escribieron y dijeron unas y unos; el traje regional es sagrado, pertenece a la cultura de nuestras abuelas, prorrumpieron otras y otros. Que se respete el derecho de los muxhes; que la palabra muxhe es ya de por sí despectiva; que no entren, porque luego quieren pasar a orinar donde vamos las mujeres; que se discuta en las sociedades.

Y así, hasta que terminaron las fiestas. El próximo año, a inicios de mayo, renacerán las discusiones en torno al traje de las mujeres, acerca del ingreso o no de los muxhes con ropa femenina; referente a las toneladas de plástico surcando el aire en las “tiradas de frutas”; que si la regada de Cheguigo –guie’ Cheguiigu’, que le llaman- es la más vistosa y ordenada de estos rumbos juchitecos.

Que si las armas que ahora portan algunos cuidadores en velas y regadas. Como la accionada apenas hace dos días cerca del templo de Tata Chente, en medio de la discusión por una escoba, o las mostradas por un par de mozalbetes, cuando miembros de una vela no dejaban pasar un camión con capitana incluida, del otro lado.

Lejos están los días en que los varones acudían de saco y corbata a las velas; lejos los días en que se llegó al extremo en que ingresaban jóvenes con playera y tenis, muchachas con pantalón y blusa; más lejos aún los años en que las señoritas participaban caminando en las regadas, hasta llegar al centro y subir las escaleras de palacio para lanzar mangos y ciruelos desde el techo del ala norte, donde ahora se puede mirar la Sala Pancho León.

Pero eso sí, el incendio de luces y colores, la algarabía de los menores, el bailongo de la juventud, y la tomadera de quienes gusten y manden, no morirá.

Hasta el año próximo veremos ondear las velas de este agitado barco llamado Juchitán.

Saludes!

por Jorge Magariño/ Foto Jacciel Morales

Santa María Xadani. Mayo de 2017.

 

Deja un comentario en: “El incendio de las velas juchitecas/ Jorge Magariño

  • mayo 30, 2017 en 11:33 pm
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    MUY INTERESANTE Y BRILLANTE PUBLICACIÓN PARA LOS QUE AMAMOS PROFUNDAMENTE LAS TRADICIONES Y COSTUMBRES DE NUESTRAS FIESTAS ISTMEÑAS.
    TRADICIONES IMBORRABLES E IMPERECEDERAS QUE NOS DEJARON NUESTROS ABUELOS ZAPOTECAS DESDE SIGLOS ATRÁS Y QUE SIGUEN VIGENTES HOY EN DÍA CON SUS DIVERSAS DIFERENCIAS NATURALES QUE LOS TIEMPOS MODERNOS VAN CREANDO.
    FELICITACIONES SINCERAS Y MI RECONOCIMIENTO A JORGE MAGARIÑO POR SUS VASTOS Y VIBRANTES CONOCIMIENTOS AL RESPECTO. UN SALUDO AFECTUOSO.

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