Buen morir /  Víctor Fuentes

Cuando llegué a concluir el libro: “Casas de Unión  Hidalgo, espejos  del alma”, publicado por la SECULTA; en diciembre del año 2012. Sentí un ligero alivio que recorrió mi ser, vinieron las felicitaciones, y me acomodé en la tranquilidad, aunque cada vez que veía perderse una nueva casa por demolición autorizada de su dueño, inmediatamente iba, platicaba con ellos para decirles que el libro estaba hecho para persuadirlos de la importancia primordial que guardan estas casas de arquitectura local como la suya.

Así vi remodelar algunas, como la casa de arcos que una vez fue de la familia Gurrión, luego me enteré que un paisano la había adquirido, que la familia de Aldeni, específicamente su tío decidió vender la mitad de la propiedad que es una de la más  imponente,  catalogada en el libro como casas de la época de bonanza por tener más de cien años o casi el siglo en pie.

Poco a poco veía los cambios, que los nuevos propietarios le hacían, y decido escribir la importancia de seguir manteándola en pie. La gente al saber de mi empeño, siempre llevaban a regalarnos  a la galería Gubidxa, puertas o ventanas, objetos menos costosos como los tramojos o  hamaqueros, vigas o planchas,  algunas de estas adquisiciones se las regalé aun arquitecto de Juchitán al ver su empeño por preservar este patrimonio. En el patio de la galería mantengo unos cientos de ladrillos de dos casas que nos lo llegaron ofrecer por un bicoca.

Siempre he estado consternado cuando veo un número telefónico anunciando la venta de estas casas, pensaba en quién la compraría, pensaba si este señor o señora se interesaría en preservarla, si había probabilidad de que la casa siguiera firme, que si la tiraría al ras, o la transformaría, perdiendo todo vestigio de la belleza original. Si podía platicaba  con él, lo buscaba,  le decía de mis inquietudes.

Todavía siento escalofrío por lo de la noche del 7 de septiembre del año 2017. Todavía me tiembla la voz cuando nombro todo lo vivido esa noche, después del sismo lo primero que supe para caer en cuenta de su magnitud, fue la caída de tan solo un pedazo el muro de la casa de mi vecina Chica Soldeva, ahí fue casa de Ta Roja, un hombre que conocí ya maduro, blanco con canas y que se dedicó a vender bonetería y bisutería en los pueblos de la región.

Ella hiso hasta lo imposible por adquirirla, y desde que la compró solo le daba una mano de cal, o a veces la pintaba de verde  o rosa dos de sus colores preferidos,  por dentro y esta vez, le puso un rosa pálido, casi pastel por fuera, pero no tocó el techo, siempre temía que un día se le fuera a  caer, para que tuviera buen fin la puerta negra, se la compré, no mucho nos sirvió para montar las obras gráficas de Armando Manuel, artista expositor en turno en la galería Gubidxa. Mi relación con estos elementos es tan presente que no puede parar de remorderme el alma.

Entonces Chica Sodelva,  fue un verdadero milagro que la casa sucumbiera hacia fuera , de no ser así, lamentaría su muerte y la de sus seis nietos que solían dormir en ese rincón, la casa se salvó considero que muchas, de las del pueblo podrían salvarse. Chica, debió decirle a Man Chivo, nuestro vecino que la ayude a derribar lo dañado, entre todos bajar el techo, para que ella y todos sus nietos, y su hija vivieran otra vez en ella,  pero Chica, prefiere esperar que los del ayuntamiento le cumplan  porque han marcado la casa  con números rojos rociados de una lata de aerosol.

Ella como toda mi gente está cegada, está esperando para remoción, como el coronel de Márquez, nadie responderá y si responden le darán una casa tipo, que no mantendrá su espacio íntimo, que no respetara la arquitectura local, que no sabrá de su memoria, de si la casa de Chica, ha sido molino, que fue cantina, que fue casa que amparó a Na Sodelva, madre de Chica, que a veces  albergaba a sus familiares venidos de todas partes, sobre todo los de Huamuchil, que ahí  mismo vivió Mario el fotógrafo, que ahí vivió Chindo, de Na Juanita Chindo. Que en ese patio se sembraba   jazmines y justo en el brocal del pozo, fue donde le prestó a su hija Yanira, para hacer un cuarto para resguardar a sus gemelos.

Chica Sodelva, se desvaneció una tarde cuando el sol estaba en su máximo grado, unos vecinos y vecinas la auxiliaron. Se desmayó, pues ya padece una enfermedad que le resta salud, ya no le queda muchos ánimos para ver la casa restaurada, quizás sea esa suerte que le pesa a todas las personas que el sismo les arrancó sus casas como a los  dientes de un niño pícaro, las máquinas pagadas por las empresas eólicas, éstas arrancan las casas como sonrisa franca al croquis de mi pueblo.

Pronto nos confundiremos, no le diremos al mototaxista,  llévame  a la casa que era de Dórico, llévame a la casa de Ta Balta, llévame a la casa del Chambelan, o a la  casa de tres arcos, que fue la primera en enterarme que se le había desplomado el corredor sepultando la taquería y los tres arco.

Esa noche la busqué para apaciguar mi sed, aun no puedo encontrar alivio para mi alma, para mi pensamiento. Mi ser muere lento como el Unión Hidalgo, que tanto amo. Y la impotencia cala tanto al no poder hacer gran cosa, no poder hace más nada. Solo escribir. Y recordar – siempre-  todo este buen morir.

 

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