Domingo de ramos, el encuentro entre la vida y la muerte en Juchitán

#Juchitán 10 abr (#Istmopress) .- En Juchitán, vivos y muertos convivieron en el tradicional Domingo de Ramos, que marca el inicio de la temporada de Semana Santa para los zapotecas. En esta celebración, los habitantes acostumbran visitar las tumbas de sus familiares difuntos, como si fuera la celebración “Todos Santos”.

Unas 10 mil personas entre niños, jóvenes, adultos y mujeres se reúnen en esta tradición católica, muy peculiar del pueblo de Juchitán y otros pueblos del Istmo que durante esta semana mayor conviven con sus muertos en sus tumbas, le hacen fiesta, porque la consideran un simple paso de lo mundano a lo pagano, que no meramente desaparece después de estar bajo tierra.

El panteón Domingo de ramos alberga aproximadamente unas 5 mil sepulturas, las cuales están construidas algunas de material de concreto en forma de pequeñas viviendas  y otras más de palma o tabique  todo depende de la economía de las familias.

Desde temprana hora, miles se congregaron en el panteón municipal “Domingo de Ramos” para cantar, reír, beber y llorar, recordando anécdotas de sus difuntos.

El ritual comienza desde el inicio de la cuaresma, con la limpieza, pinta y compostura de las sepulturas,  pero se va reafirmando conforme la fecha se acerca, lo cual para las primeras horas del domingo de Ramos.

Los olores de las flores típicas de los zapotecas se colocan en las sepulturas, que van desde las flores del coyol, cordoncillo, albahaca, flor del río hasta las más costosas como lirios, girasoles y gladiolas, asimismo son adornados con bebidas, veladoras y hasta con fotografías del difunto.

Familias de escritores,  músicos, trovadores, políticos reconocidos de Juchitán, pescadores, artesanos, campesinos, amas de casa y menores de edad, entrelazan miradas al caminar por los conglomerados pasillos del camposanto, mientras que las voces de hombres y mujeres comerciantes incitan a degustar la comida típica, principalmente los tamales de iguana, las regañadas (pastelillo crujiente) y dulces de frutas como calabaza, limón con coco, papaya, almendra y coyol.

Virginia Queto,  año con año visita las tumbas de sus padres, junto con sus hijas limpian, riegan agua y cubren las tumbas de flores, además de permanecer durante toda la tarde y noche cuidando el cirio que significa la luz.

“Es más que una simple visita, disfrutamos de estar con nuestros difuntos, cantamos con ellos, los recordamos como si estuvieran cerca de nosotros, platicamos sus anécdotas y disfrutamos de sus vivencias, este día es dedicado a ellas y ellos”.

 

El  Domingo de Ramos en Juchitán es muy singular, porque  se manifiestan en toda su dimensión las prácticas paganas religiosas de las capillas del pueblo durante los seis viernes de la Cuaresma.

La sociedad congregada consume los tradicionales tamales de iguana o guetaguu guchaachi dxiita, los sabrosos dulces regionales, el rico bupu, que es una bebida espumosa conocida como bebida de los dioses, las típicas garnachas, los singulares panes llamados regañadas y se entretienen con música viva y juego de azar conocido como Chalupa.

De esta manera la sociedad católica juchiteca conmemoró el Domingo de Ramos, conservando un singular sincretismo religioso, que surgió en la colonización española, ya que los misioneros católicos no lograron desaparecer en su totalidad la concepción religiosa de los pueblos originarios y se vieron obligados a tolerar dentro de los rituales cristianos parte de los ritos y costumbres de los naturales.

El escritor zapoteca Víctor Cata explicó que esto tiene que ver con el comienzo del año zapoteco, que iniciaba el 12 de marzo y terminaba el 7 de marzo. “Habían 5 días que los zapotecas llamaban días inútiles que eran días aciagos y se iba a visitar a los muertos”.

Con la llegada de la religión católica, se modificaron las fechas y se acomodó con la Semana Santa.

 

Diana Manzo/Agencia de Noticias IstmoPress

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